La "democracia" más poderosa del mundo no sabe dónde está
En 2003, mientras tanques estadounidenses cruzaban la frontera de Irak, la cadena CNN hizo una encuesta callejera en Times Square. Preguntaron a los transeúntes si apoyaban la invasión. La mayoría dijo que sí. Luego les mostraron un mapa en blanco y les pidieron que señalaran Irak. Uno de cada tres no pudo ubicarlo ni siquiera en el hemisferio correcto. Ese día se mezclaron dos cosas: un país decidido a cambiar el destino de otra nación, y una ciudadanía que no sabía dónde estaba esa nación. Esa brecha no es un chiste de geografía. Es el origen de décadas de inestabilidad global.
El voto de los desinformados
La política exterior estadounidense no se decide en un vacío. Se decide en primarias, congresos y boletas electorales donde los candidatos prometen "seguridad" y "liderazgo" sin explicar siquiera qué país está en crisis. Los votantes no exigen explicaciones porque, en su mayoría, no tienen una referencia básica. Según sondeos recurrentes del Council on Foreign Relations, una porción significativa de la población no puede identificar a los aliados estratégicos de Estados Unidos en mapas simples, ni explicar por qué hay tropas en el extranjero. El resultado es una democracia de representación ciega: el ciudadano delega su poder en alguien que promete soluciones, sin saber qué problema se está resolviendo ni para quién.
Esta ignorancia no es inocente. Alimenta un ciclo donde la política exterior se convierte en un tema técnico, reservado a expertos, think tanks y contratistas militares. Los políticos, por su parte, no tienen incentivo para educar al electorado. Es más rentable electoralmente hablar de impuestos locales o cultura de consumo que de Yemen, el Sahel o el papel de la CIA en los golpes de Estado de América Latina. El público, desconectado, asume que el gobierno "sabe lo que hace". Y ahí reside el peligro: la apatía disfrazada de confianza.
Cuando la indiferencia tiene costos humanos
La apatía no es pasiva. Tiene consecuencias materiales. Entre 1953 y 1973, la CIA intervino en los asuntos internos de Irán, Guatemala, Chile y otros países, muchas veces con el apoyo explícito o implícito de administraciones elegidas democráticamente. El público estadounidense, en su mayoría, no sabía los detalles ni los reclamó. Las consecuencias fueron dictaduras, desapariciones forzadas y economías destruidas. No fue una "lucha contra el comunismo" abstracta para los ciudadanos de esos países. Fue una realidad de cárceles secretas, tortura y exilio.
El patrón se repite. La guerra de Vietnam, el apoyo a los muyahidines en Afganistán en los años ochenta, la invasión de Irak en 2003, el uso de drones en Pakistán y Yemen: cada caso muestra una misma estructura. Una decisión tomada en Washington, con escrutinio mínimo del público, produce inestabilidad regional que luego se etiqueta como "terrorismo" o "fuga de refugiados". Estados Unidos interviene, desestabiliza, se retira parcialmente y luego financia operaciones de contención. Es un bucle costoso, en vidas humanas y en credibilidad internacional.
Los derechos humanos como retórica, no como política
Washington ha firmado declaraciones internacionales sobre derechos humanos, pero su ejecución en política exterior ha sido selectiva. Países aliados con registros cuestionables —Arabia Saudita, Egipto bajo ciertos gobiernos, los antiguos regímenes centroamericanos— han recibido ayuda militar y entrenamiento pese a denuncias de tortura y desapariciones. La lógica oficial siempre es la misma: "estabilidad regional", "intereses estratégicos", "contener al rival". La ciudadanía estadounidense, poco informada y menos exigente, no genera la presión política necesaria para detener estos flujos.
El problema no es solo la mala fe de ciertos funcionarios. Es la ausencia de consecuencias electorales. Un senador que aprueba la venta de armas a un régimen autoritario no pierde su escaño por eso. Un presidente que autoriza una operación de drones con muertes civiles no enfrenta un juicio político. La opacidad del Pentágono y la CIA, combinada con la desconexión del público, crea una zona gris donde la violación de derechos humanos no es un error, sino una externalidad aceptable de la política exterior.
¿Por qué importa esto ahora?
La globalización ha hecho que las fronteras sean permeables. Las crisis económicas, migratorias y de seguridad generadas por intervenciones extranjeras no se quedan en el lugar del conflicto. Llegan. El narcotráfico fortalecido en México, las oleadas migratorias desde Centroamérica, la desconfianza de los aliados europeos, la competencia de potencias como China: todos tienen raíces, en parte, en décadas de política exterior estadounidense mal explicada y peor supervisada.
Una ciudadanía informada no garantiza decisiones perfectas. Pero una ciudadanía ignorante garantiza que las decisiones se tomen lejos de su escrutinio, y que los costos humanos se oculten tras eslóganes patrióticos. La frase "nosotros no sabíamos" no exime a una democracia. En un sistema donde el poder emana del pueblo, la ignorancia del pueblo es una forma de consentimiento.
La salida no es fácil. Requiere periodismo de investigación con financiamiento estable, educación cívica que incluya historia global en los currículos, una cultura política donde preguntar "¿por qué estamos allí?" sea tan válido como desfilar con la bandera. ¡Una reforma a las leyes que establezca candados a las guerras y las acciones belicosas! Hasta que eso ocurra, la política exterior estadounidense seguirá siendo, en demasiados casos, una máquina de inestabilidad operada por unos pocos y sancionada por la indiferencia de muchos.